Jose Linares Molina "Desconsuelo"Releyendo el relato me he dado cuenta de que habían un montón de errores, de esos de copiar y pegar. Si ya lo habeis leido éste ya está rectificado. Si os apetece volver a leerlo. I'm sorry
Bueno, al final he conseguido algo parecido a lo que quería. Es un relato corto, no quiero agobiaros con extensas lecturas. Por supuesto es completamente criticable, de hecho lo agradeceré. Si dejáis un comentario, por favor, no me mintáis. Aún así espero que os guste. Espero que esto no sea más que el principio del reencuentro. Poquito a poco, se hace camino al andar…
VIVALDI
Dos relajantes musculares y media botella de bourbon habían sido el remedio desesperado a una noche de insomnio agonizante. En menos de diez minutos su cuerpo cayó fulminado en un sueño pesado e intranquilo. Su cabeza no le concedió la piadosa tregua del descanso, aún dormida le siguieron atormentando pensamientos abstractos y delirantes. Rozó la locura.
Se despertó entre sudores fríos, perdida y confusa. La cara le escocía por las mil lágrimas derramadas y sentía los ojos hinchados al borde de la explosión. Le faltaba el aliento. Fue peor intentar incorporarse… Dios, que alguien parara esa noria descarrilada en la que se había convertido su habitación. Volvió a caer desplomada en la cama, sentía angustia y su cuerpo no dejaba de temblar. Sus sienes martilleaban una migraña despiadada.
Se quedó acostada. Intentó relajarse y hacer desaparecer el dolor por todos los poros de su piel, pero su cabeza vivía en una tormenta arrasadora y cruel. Volvió a cerrar los ojos. Al darse cuenta de que aquel caos insurrecto que era su cuerpo no iba a mejorar se fue levantando, poquito a poco. Ralentizada y prudente, consiguió sentarse al borde de la cama. Todo daba vueltas, una orquesta de percusión ponía banda sonora desde su interior a aquella escena de patética desesperación. Como pudo, llegó al baño y se arrodilló frente al retrete. Dedos en la garganta, vomitó y se quedó apoyada durante un espacio de tiempo incierto en la taza del sanitario. Progresivamente el alboroto de su cabeza se fue callando. Empezó a respirar. Se levantó y se metió en la ducha, vestida aún con la ropa del día anterior. El chorro de agua gélida fue lo que la acabó de despejar. Se fue desnudando mientras el agua corría sobre su cabeza, los vaqueros mojados la aprisionaban, su jersey de lana pesaba ya demasiado. Estuvo un buen rato recreándose en el despertar de sus sentidos. Recordó. Se dejó llevar y volvió a llorar. Lloró con rabia, lloró con ira, la impotencia la inundaba…finalmente llegó la pena. Se acuclilló y siguió llorando, manos en la cabeza, con el desconsuelo de una niña de cinco años a la que se le ha roto su muñeca preferida. Desahogo. Poco a poco el sollozo fue parando, los gemidos cesaron, todas las lágrimas habían sido derramadas…
Arrugada y temblando de frío se secó con una toalla sucia de tinte que encontró en un rincón del baño. Sacó su crema facial y se untó la cara en exceso para suavizar el escozor de sus mejillas, el colirio alivió sus ojos. Se vistió con lo primero que encontró en el desaliño de ropa que era su armario. Fue a la cocina y se preparó un café. Miró a su alrededor, la vajilla sucia se acumulaba desde lo menos hacía cinco días, el suelo estaba lleno de grasa por aquella sartén que había refilado en un ataque de airada tensión.
Se bebió de un sorbo el expreso y fue hasta su despacho. El ordenador seguía encendido, todavía en la pantalla de la bandeja de correo. Lo miró sin acercarse y divagó. Su mente se quedó en blanco, huyó a otro momento, a otro lugar… Volvió sobre sus pasos, salió de allí caminando de espaldas, con la mirada fija en aquel maldito abogado del diablo.
Todas las persianas de su salón estaban cerradas, en la penumbra pudo apreciar que aquella habitación estaba tan desarreglada como el resto de la casa. Todo era un auténtico caos, todo estaba sucio, desgastado y descuidado, como su propia existencia ¿En qué había convertido su vida? Recordó que había dejado el Mp3 en la mesita de su sagrado rinconcito de lectura, tanteó en la oscuridad y se lo colgó al cuello. Abrió cortinas, persianas, abrió ventanas y salió al balcón. Sus ojos se entrecerraron al noquearla el contraste de luz. Hacía frío y las calles todavía estaban mojadas por la tormenta de la noche anterior, pero el sol brillaba omnipotente y con fuerza. Se puso el reproductor y le subió el volumen al máximo, sonaba el Canon de Pachelbel. Se quedó quieta, cerró los ojos y respiró profundamente, oliendo el aire que la fue purificando, escuchando la música… relax total. Se sintió maravillosamente desnuda y renovada, poco a poco empezó a renacer. Ese adorable olor a recién hecho. Podía sentir sin mirar el mar que tenía enfrente de ella. Se volvió a dejar llevar. Maria Callas y su Ave María… El reloj se apiadó de ella y corrió más lento. La dejó disfrutar de todo lo que tenía a su alrededor y lo inmovilizó para que pudiera sentir todas y cada una de esas pequeñas pero vitales sensaciones. Empezó a percibir la serenidad y la paz que la rodeaba. Era una sensación extraña, pero dulce. Toda la semana se había ido cayendo poquito a poco, hasta que la noche anterior había firmado el acta de su rendición y se había dejado hundir en sus propias aguas corredizas. Hoy sin embargo se había levantado y había conseguido sobrevivir, como un pez que boquea y aletea en la orilla hasta que consigue llegar de nuevo al mar. Curioso lo que puede hacer con una persona un simple olor, una sencilla melodía… Imposible no sonreir.
Finalmente entró y se dirigió de nuevo al despacho. Ahí seguía su ordenador, palpable y real, cierto e ingenuamente cruel. Aquello no había sido un mal sueño. Se fue acercando lentamente y se sentó frente a él de una forma casi ceremonial. Miró la pantalla durante diez segundos y eliminó el último correo recibido, sin abrirlo esta vez, con veinte lecturas ya había tenido más que suficiente... Cayó una lágrima por sus mejillas, prefirió ignorarla. Suspiró de alivio y escribió un nuevo mensaje:
“Ayer morí por fin… Hoy he resucitado en un ser al que no te está permitido conocer… Llora tu duelo si es preciso y después… simplemente olvídame”
Lo envió sin ninguna duda y borró el contacto de forma permanente de la lista de su ordenador. Jamás lo recordaría, jamás quiso memorizarlo…
Era libre… por fin…
Sonaban las cuatro estaciones de Vivaldi…
Carmen