
Lo hago porque se lo debo a Antonia, mi profesora de literatura, que siempre luchó por hacer de mí una escritora. Ahora, por no haberle hecho caso, sólo sé escribir tal y como veis. No tengo idea de por dónde debe parar pero, POR SUPUESTO, se lo dedico a ella…
SILENCIO
Después de casi una semana de lluvias y vientos chirriantes, la calma había dado una tregua a aquel pueblecito lejano y dejado de la mano de Dios donde Alicia había decidido refugiarse y escapar del martilleo incesante de las calles de Barcelona, y de su propia vida.
Era una tranquila noche de Febrero. A pesar del frío, Ali se había puesto su bata afelpada y había abierto ventanas y balcones para poder sentir aquel maravilloso olor a limpio que le llegaba del bosque cercano al caserón. Jazmín, pinos y madreselva, sólo había que cerrar los ojos y sentir. Disfrutó y se dejó llevar. Sabía que aquella tranquilidad no iba a durar demasiado, así es que se aferró a ella y se tomó su tiempo…
Finalmente, con una taza de té y una manta de viaje, subió a la terraza y se sentó frente a su portátil. Había estado apagado por más de 7 días. Cargada ya la batería lo encendió y comprobó si la conexión a Internet funcionaba en aquel lugar perdido. Se sorprendió, no muy gratamente, al verificar que no hubo el más mínimo problema y que pudo acceder fácilmente a su correo personal. Sólo tenía 1 mail. Era de Pedro, como no… Toda la paz que había alcanzado en esos días se le escapó, sus manos empezaron a temblar, notó como el rubor se adueñaba de sus mejillas y una gota de sudor frío cayó desde su nuca. Había postergado aquel momento hasta que su conciencia no se lo permitió más. Sentimientos encontrados… El mensaje tenía como título “Silencio” y, dadas las circunstancias, le pareció sumamente acertado. A pesar de su ansiedad lo abrió, porque debía hacerlo. VACIO. Una página en blanco se había abierto ante ella, no había absolutamente nada escrito, ni una sola frase, ni una sola palabra… NADA. Ali se quedó en trance, esperaba de todo menos aquello.
Su vida, hasta hacía una semana había sido la de una mujer “normal”. Estaba casada desde hacía 23 años y no tenía hijos por una decisión de mutuo acuerdo con su marido. Escritora reconocida de cuentos y fábulas infantiles, con una vida social limitada a unos pocos amigos de la facultad que compartía con su pareja. Pedro era catedrático de filología románica en la Universidad de Barcelona. Hacían una pareja idílica, tenían una vida cómoda y sin excesivas complicaciones. Se compenetraban a la perfección, se respetaban y aceptaban de una manera ejemplar. No sabían lo que era una discusión, ni un menosprecio, ni una falta de entendimiento. Alicia siempre fue la debilidad de Pedro, era su única razón. Todo era maravilloso… al menos eso parecía…
Hacía ya mucho tiempo que Ali se sentía atrapada entre tanto sosiego, hacia ya años que respiraba con dificultad al despertarse cada día y comprobar que su día iba a estar falto de sorpresas. Todo iba bien en su rutina, demasiado bien, y eso la agobiaba y la llevaba a un estado de desesperación que, aunque no lo reflejara, se estaba comiendo hasta el último rinconcito de su alma. Adoraba a Pedro, era un gran compañero de viaje, dulce y comprensivo, servicial y detallista. Era una persona excelente y lo quería más que a nadie en este mundo, pero ya no le amaba. Con el transcurrir de los años se habían convertido en amigos inseparables, pero el deseo se había extinguido absolutamente por parte de ella desde hacía ya demasiado. Mil veces quería haber hablado de esto con él, pero no se atrevía, sabía que lo iba a destrozar y por eso aguantaba en su esclavitud de mujer conformada. Eran capaces de hablar sin tapujos de cualquier tema, excepto del primordial, la muerte de su relación. Ambos tenían un blog en común en el cual recopilaban relatos escritos por terceros. Era allí donde Ali, poco a poco, fue intentando dejarle mensajes a Pedro que no se atrevía a confesarle en persona. Publicaba textos con títulos tales como “Estancada”, “Hoy vengo a decirte adiós” o “Crónica de una despedida”, pero él parecía no darse cuenta de que el estado anímico de su mujer rozaba la agonía y la desesperación.
Un 19 de Febrero, aprovechando que Pedro estaba de viaje por todo un fin de semana, Alicia decidió simplemente irse. Empaquetó su ropa, sus libros y sus recuerdos más personales y huyó. Así, sin un aviso, sin un adiós, sin una explicación… Lo único que fue capaz de hacer fue escribirle una nota: “LO SIENTO, NO PUEDO MÁS, YA NO HAY AMOR” Se fue llorando, sabiendo que tiraba 25 años de su vida por la borda, sabiendo que él iba a quedar mal herido y completamente noqueado, sabiendo a ciencia cierta que ya no había marcha atrás, sabiendo que era una maldita cobarde y que jamás iba a ser comprendida.
Alicia todavía observaba la vacía pantalla de su ordenador cuando recibió un nuevo mensaje… Pedro: “VIVE, es lo único que te pido”. Acurrucó la cabeza entre sus brazos y lloró, lloró y lloró. No era justo lo que había hecho, él se merecía una explicación, pero cómo explicarle todo lo que ella había tenido dentro durante tanto tiempo y que no había sido capaz de sacar al exterior…
Cuando se tranquilizó bajó al salón, abrió su impresionante piano de cola y empezó a improvisar la melodía de todos los sentimientos que siempre calló. Pasó horas y horas hasta que consiguió darle forma a su sentir. Ya amanecía cuando grabó su despedida y se la mandó al mail que tenían en común. Sólo sabía hacer eso… pero sabía que él lo entendería…
Después de casi una semana de lluvias y vientos chirriantes, la calma había dado una tregua a aquel pueblecito lejano y dejado de la mano de Dios donde Alicia había decidido refugiarse y escapar del martilleo incesante de las calles de Barcelona, y de su propia vida.
Era una tranquila noche de Febrero. A pesar del frío, Ali se había puesto su bata afelpada y había abierto ventanas y balcones para poder sentir aquel maravilloso olor a limpio que le llegaba del bosque cercano al caserón. Jazmín, pinos y madreselva, sólo había que cerrar los ojos y sentir. Disfrutó y se dejó llevar. Sabía que aquella tranquilidad no iba a durar demasiado, así es que se aferró a ella y se tomó su tiempo…
Finalmente, con una taza de té y una manta de viaje, subió a la terraza y se sentó frente a su portátil. Había estado apagado por más de 7 días. Cargada ya la batería lo encendió y comprobó si la conexión a Internet funcionaba en aquel lugar perdido. Se sorprendió, no muy gratamente, al verificar que no hubo el más mínimo problema y que pudo acceder fácilmente a su correo personal. Sólo tenía 1 mail. Era de Pedro, como no… Toda la paz que había alcanzado en esos días se le escapó, sus manos empezaron a temblar, notó como el rubor se adueñaba de sus mejillas y una gota de sudor frío cayó desde su nuca. Había postergado aquel momento hasta que su conciencia no se lo permitió más. Sentimientos encontrados… El mensaje tenía como título “Silencio” y, dadas las circunstancias, le pareció sumamente acertado. A pesar de su ansiedad lo abrió, porque debía hacerlo. VACIO. Una página en blanco se había abierto ante ella, no había absolutamente nada escrito, ni una sola frase, ni una sola palabra… NADA. Ali se quedó en trance, esperaba de todo menos aquello.
Su vida, hasta hacía una semana había sido la de una mujer “normal”. Estaba casada desde hacía 23 años y no tenía hijos por una decisión de mutuo acuerdo con su marido. Escritora reconocida de cuentos y fábulas infantiles, con una vida social limitada a unos pocos amigos de la facultad que compartía con su pareja. Pedro era catedrático de filología románica en la Universidad de Barcelona. Hacían una pareja idílica, tenían una vida cómoda y sin excesivas complicaciones. Se compenetraban a la perfección, se respetaban y aceptaban de una manera ejemplar. No sabían lo que era una discusión, ni un menosprecio, ni una falta de entendimiento. Alicia siempre fue la debilidad de Pedro, era su única razón. Todo era maravilloso… al menos eso parecía…
Hacía ya mucho tiempo que Ali se sentía atrapada entre tanto sosiego, hacia ya años que respiraba con dificultad al despertarse cada día y comprobar que su día iba a estar falto de sorpresas. Todo iba bien en su rutina, demasiado bien, y eso la agobiaba y la llevaba a un estado de desesperación que, aunque no lo reflejara, se estaba comiendo hasta el último rinconcito de su alma. Adoraba a Pedro, era un gran compañero de viaje, dulce y comprensivo, servicial y detallista. Era una persona excelente y lo quería más que a nadie en este mundo, pero ya no le amaba. Con el transcurrir de los años se habían convertido en amigos inseparables, pero el deseo se había extinguido absolutamente por parte de ella desde hacía ya demasiado. Mil veces quería haber hablado de esto con él, pero no se atrevía, sabía que lo iba a destrozar y por eso aguantaba en su esclavitud de mujer conformada. Eran capaces de hablar sin tapujos de cualquier tema, excepto del primordial, la muerte de su relación. Ambos tenían un blog en común en el cual recopilaban relatos escritos por terceros. Era allí donde Ali, poco a poco, fue intentando dejarle mensajes a Pedro que no se atrevía a confesarle en persona. Publicaba textos con títulos tales como “Estancada”, “Hoy vengo a decirte adiós” o “Crónica de una despedida”, pero él parecía no darse cuenta de que el estado anímico de su mujer rozaba la agonía y la desesperación.
Un 19 de Febrero, aprovechando que Pedro estaba de viaje por todo un fin de semana, Alicia decidió simplemente irse. Empaquetó su ropa, sus libros y sus recuerdos más personales y huyó. Así, sin un aviso, sin un adiós, sin una explicación… Lo único que fue capaz de hacer fue escribirle una nota: “LO SIENTO, NO PUEDO MÁS, YA NO HAY AMOR” Se fue llorando, sabiendo que tiraba 25 años de su vida por la borda, sabiendo que él iba a quedar mal herido y completamente noqueado, sabiendo a ciencia cierta que ya no había marcha atrás, sabiendo que era una maldita cobarde y que jamás iba a ser comprendida.
Alicia todavía observaba la vacía pantalla de su ordenador cuando recibió un nuevo mensaje… Pedro: “VIVE, es lo único que te pido”. Acurrucó la cabeza entre sus brazos y lloró, lloró y lloró. No era justo lo que había hecho, él se merecía una explicación, pero cómo explicarle todo lo que ella había tenido dentro durante tanto tiempo y que no había sido capaz de sacar al exterior…
Cuando se tranquilizó bajó al salón, abrió su impresionante piano de cola y empezó a improvisar la melodía de todos los sentimientos que siempre calló. Pasó horas y horas hasta que consiguió darle forma a su sentir. Ya amanecía cuando grabó su despedida y se la mandó al mail que tenían en común. Sólo sabía hacer eso… pero sabía que él lo entendería…
Carmen





