No confíes en mi voz… a veces miente…Mírame a los ojos… ellos nunca engañan…Presta atención a mi letra… esa soy yo…
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SILENCIO (Relato 4)

35 bombillas encendidas  



Bueno, Al final yo también me sumo al concurso de relatos de El Mosquitero

Lo hago porque se lo debo a Antonia, mi profesora de literatura, que siempre luchó por hacer de mí una escritora. Ahora, por no haberle hecho caso, sólo sé escribir tal y como veis. No tengo idea de por dónde debe parar pero, POR SUPUESTO, se lo dedico a ella…

SILENCIO


Después de casi una semana de lluvias y vientos chirriantes, la calma había dado una tregua a aquel pueblecito lejano y dejado de la mano de Dios donde Alicia había decidido refugiarse y escapar del martilleo incesante de las calles de Barcelona, y de su propia vida.

Era una tranquila noche de Febrero. A pesar del frío, Ali se había puesto su bata afelpada y había abierto ventanas y balcones para poder sentir aquel maravilloso olor a limpio que le llegaba del bosque cercano al caserón. Jazmín, pinos y madreselva, sólo había que cerrar los ojos y sentir. Disfrutó y se dejó llevar. Sabía que aquella tranquilidad no iba a durar demasiado, así es que se aferró a ella y se tomó su tiempo…

Finalmente, con una taza de té y una manta de viaje, subió a la terraza y se sentó frente a su portátil. Había estado apagado por más de 7 días. Cargada ya la batería lo encendió y comprobó si la conexión a Internet funcionaba en aquel lugar perdido. Se sorprendió, no muy gratamente, al verificar que no hubo el más mínimo problema y que pudo acceder fácilmente a su correo personal. Sólo tenía 1 mail. Era de Pedro, como no… Toda la paz que había alcanzado en esos días se le escapó, sus manos empezaron a temblar, notó como el rubor se adueñaba de sus mejillas y una gota de sudor frío cayó desde su nuca. Había postergado aquel momento hasta que su conciencia no se lo permitió más. Sentimientos encontrados… El mensaje tenía como título “Silencio” y, dadas las circunstancias, le pareció sumamente acertado. A pesar de su ansiedad lo abrió, porque debía hacerlo. VACIO. Una página en blanco se había abierto ante ella, no había absolutamente nada escrito, ni una sola frase, ni una sola palabra… NADA. Ali se quedó en trance, esperaba de todo menos aquello.

Su vida, hasta hacía una semana había sido la de una mujer “normal”. Estaba casada desde hacía 23 años y no tenía hijos por una decisión de mutuo acuerdo con su marido. Escritora reconocida de cuentos y fábulas infantiles, con una vida social limitada a unos pocos amigos de la facultad que compartía con su pareja. Pedro era catedrático de filología románica en la Universidad de Barcelona. Hacían una pareja idílica, tenían una vida cómoda y sin excesivas complicaciones. Se compenetraban a la perfección, se respetaban y aceptaban de una manera ejemplar. No sabían lo que era una discusión, ni un menosprecio, ni una falta de entendimiento. Alicia siempre fue la debilidad de Pedro, era su única razón. Todo era maravilloso… al menos eso parecía…


Hacía ya mucho tiempo que Ali se sentía atrapada entre tanto sosiego, hacia ya años que respiraba con dificultad al despertarse cada día y comprobar que su día iba a estar falto de sorpresas. Todo iba bien en su rutina, demasiado bien, y eso la agobiaba y la llevaba a un estado de desesperación que, aunque no lo reflejara, se estaba comiendo hasta el último rinconcito de su alma. Adoraba a Pedro, era un gran compañero de viaje, dulce y comprensivo, servicial y detallista. Era una persona excelente y lo quería más que a nadie en este mundo, pero ya no le amaba. Con el transcurrir de los años se habían convertido en amigos inseparables, pero el deseo se había extinguido absolutamente por parte de ella desde hacía ya demasiado. Mil veces quería haber hablado de esto con él, pero no se atrevía, sabía que lo iba a destrozar y por eso aguantaba en su esclavitud de mujer conformada. Eran capaces de hablar sin tapujos de cualquier tema, excepto del primordial, la muerte de su relación. Ambos tenían un blog en común en el cual recopilaban relatos escritos por terceros. Era allí donde Ali, poco a poco, fue intentando dejarle mensajes a Pedro que no se atrevía a confesarle en persona. Publicaba textos con títulos tales como “Estancada”, “Hoy vengo a decirte adiós” o “Crónica de una despedida”, pero él parecía no darse cuenta de que el estado anímico de su mujer rozaba la agonía y la desesperación.

Un 19 de Febrero, aprovechando que Pedro estaba de viaje por todo un fin de semana, Alicia decidió simplemente irse. Empaquetó su ropa, sus libros y sus recuerdos más personales y huyó. Así, sin un aviso, sin un adiós, sin una explicación… Lo único que fue capaz de hacer fue escribirle una nota: “LO SIENTO, NO PUEDO MÁS, YA NO HAY AMOR” Se fue llorando, sabiendo que tiraba 25 años de su vida por la borda, sabiendo que él iba a quedar mal herido y completamente noqueado, sabiendo a ciencia cierta que ya no había marcha atrás, sabiendo que era una maldita cobarde y que jamás iba a ser comprendida.

Alicia todavía observaba la vacía pantalla de su ordenador cuando recibió un nuevo mensaje… Pedro: “VIVE, es lo único que te pido”. Acurrucó la cabeza entre sus brazos y lloró, lloró y lloró. No era justo lo que había hecho, él se merecía una explicación, pero cómo explicarle todo lo que ella había tenido dentro durante tanto tiempo y que no había sido capaz de sacar al exterior…

Cuando se tranquilizó bajó al salón, abrió su impresionante piano de cola y empezó a improvisar la melodía de todos los sentimientos que siempre calló. Pasó horas y horas hasta que consiguió darle forma a su sentir. Ya amanecía cuando grabó su despedida y se la mandó al mail que tenían en común. Sólo sabía hacer eso… pero sabía que él lo entendería…

Carmen

Lo que el viento se llevó (Relato 3)

2 bombillas encendidas  



Elisenda, solterona con casi setenta años, había encontrado en Don Braulio a aquel padre que de tan niña perdió, e incluso aquel hijo que jamás le dieron la oportunidad de criar ni de tan siquiera conocer.
Todos los días, a las 7 de la mañana, se tomaba su cafenito y, aún en pantuflas, bajaba a la boca del metro y cogía el diario gratuito. Luego pasaba por la floristería de su amiga Pepa y se dejaba regalar un ramito de margaritas silvestres, siempre blancas. Las dos chismorreaban y se reían durante un rato mientras se tomaban un té de jazmín en la trastienda, fumándose un pitillo a hurtadillas como si fueran chiquillas de quince años escondiéndose de la temible Madre Superiora. Aquel era, sin duda, uno de los mejores momentos que les podía ofrecer a ambas la vida.



Aún con una grata sonrisa en la boca, Elisenda subía a pié los seis pisos que le llevaban a casa del que ya había hecho su protegido por derecho propio. Hacía ya más de dos décadas que había convertido aquella visita en una rutina, 24 años para ser exactos desde que a Don Braulio le detectaron un alzheimer que lo dejó en el más crudo de los desamparos. Todos, y cada uno de los días, sin descanso y sin cansancio que pudiera con ella, subía a casa de su vecino y le hacía las tareas del hogar, le aseaba, le cambiaba los pañales cincuenta y seis veces al día, le preparaba una taza de caldo escondido en leche, le leía alguno de los cientos de libros que él tenía en su biblioteca y veían juntos, de nuevo, “Lo que el viento se llevó”. Y todo esto sin más pago que alguna sonrisa ocasional, muy de vez en cuando, cuando Don Braulio la confundía con su difunta esposa. Los hijos de él habían, literalmente, desaparecido, hacía ya mucho que el teléfono no sonaba, tan solo recibía una felicitación por Navidad. Gracias a Dios su enfermedad lo había llevado a un estado de amnesia total e irreversible y había olvidado, aún en sus ínfimos y cortos estados de lucidez, qué había sido de su vida en los 70 años anteriores. Con sus 94 ya cumlidos no tenía más que esporádicos recuerdos de su edad de oro. Era un duro trabajo para Elisenda, pero jamás nadie pudo decir que se quejara. Ella, siempre sonrisa en boca, lo cuidaba y lo mimaba con un cariño y con una comprensión difícil de entender. Sin ser siquiera de su sangre, adoraba a aquel abuelito llevado a menos, indefenso e inocente, que le ocupaba la inmensa mayoría del tiempo de su día a día. Don Braulio, con la casa llena de fotografías en blanco y negro de las grandes aventuras de su juventud, cogido de la cintura de Doña Catalina, aquella rubia explosiva, transgresora y provocadora en el tiempo de represalias, prejuicios y pecados mortales que les tocó vivir. Elisenda todavía recordaba aquellos primeros años en los que ella empezó a subir “por si acaso” y se pasaba horas y más horas escuchando sus viajes y sus vivencias. Por aquel entonces era él quien le leía a su adorado Julio Verne y le contaba entre risitas socarronas cómo le tiraron del cine porque le metió mano a la rubia peligrosa, con las voces de fondo de Clark Gable y Vivien Leigh. Aquel hombre era su vida y su razón de seguir. Nadie jamás le había dado tanto cariño ni le había obsequiado con tanta atención y gratitud mientras su cabeza y su alma se lo permitieron. Él tenía ahorrado dinero más que suficiente como para comprarse dos plantas enteras del mejor geriátrico de Madrid pero, ni sus hijos permitían que él gastara ni un solo duro de la jugosa herencia que les estaba por llegar, ni ella les contó jamás que Don Braulio guardaba bajo su colchón una cantidad de dinero incontable que le habría permitido vivir rodeado de médicos y enfermeras por veinte años más. Definitivamente no quería quedarse sin él. Elisenda jamás había tocado ni un solo céntimo de aquel dinero a no ser que fuera para pagar a la asistenta que dormía todas las noches en un sillón a su lado, Ani se llamaba. Ella misma fue la encargada de buscarla y contratarla, tenía 23 años y era enfermera en prácticas, muy buena chica, cuidadosa y diligente, dulce y respetuosa, había sabido elegir muy bien.



Por momentos, con la luna y en la soledad de su cama, Elisenda se derrumbaba y no entendía porqué alguien, humano, podía haber abandonado a un pobre hombre a su suerte, como sus propios hijos, sangre de su sangre, lo habían desterrado al olvido sin la más mínima consideración ni piedad. No conseguía entender como aquellos malditos mocosos a los que jamás les faltó de nada, que estudiaron en los mejores colegios y que se casaron ya con una casa pagada, podían haber dado a su padre el peor de los castigos, la soledad. Si es que ni cariño les había faltado. Doña Catalina les había malcriado, es cierto, jamás les riñó ni les dijo una palabra más alta que la otra, siempre habían hecho lo que les había venido en gana y nunca fueron amonestados por ello, ni siquiera cuando a Enriquito le dio por dejar en bolas a un pobrecito niño de su colegio solo porque su ropa no era de marca y le molestaba que se paseara con esos harapos de mercadillo… nada, se limitaron a quitarle la bicicleta un día (y que más daba, si llovía). Sí, debía ser eso, falta de disciplina y falta de carencias, jamás aprendieron a valorar ni a agradecer. Ella los odiaba, los repudiaba con toda su alma, sabía que los volvería a ver en el funeral de Don Braulio, frotándose las manos y deseando cobrar aquella puñetera herencia. Elisenda lloraba mares pensando en aquel momento que lo separaría definitivamente de él. ¿Qué sería de su vida sin Don Braulio?, todo perdería sentido, ya no habría a quién cuidar ni con qué ocupar sus horas. Se consolaba pensando en que Pepa seguiría ahí y en que, quizás, tal vez, podría empezar a tener un poco de vida social…



Le quedaba también otro consuelo, quizás los hijos de Don Braulio habían decidido desaparecer, ese era su puñetero problema, pero ella siempre estaría a su lado, hasta el final de sus días, regalándole su compañía y su humilde saber hacer… y ella sabía que, por desgracia no todo el mundo corría la misma suerte. Qué más da si de vez en cuando la confundía con Doña Catalina y le pegaba una palmada en el culo, era todo un privilegio ser confundida con aquella maravillosa rubia de oro…




Carmen

Diez de la mañana (Relato 2)

2 bombillas encendidas  


Hacía ya más de tres horas que había empezado a temblar. Desnuda ante su espejo se había mirado con ojos críticos y perversos. Todos y cada uno de sus complejos habían salido a la luz, multiplicados por cincuenta, llevados a un estado de exageración tal que no pudo más que bajar la mirada y resoplar con rabia y desesperación. Antes bonita y esbelta, con su piel de porcelana y unas curvas perfectas, pasatiempo de albañiles temerarios y provocadora de pasiones ocultas entre la población masculina en general. Ahora los vestigios de la edad y la fuerza de la gravedad empezaban a hacer mella en ella y, simplemente, en el momento actual, ni sabía como esconderlo, ni sabía como mejorarlo. Lo único que sabía es que se sentía horrible, había decidido convertir a su cuerpo en su peor enemigo y por más que intentara ser condescendiente no veía en él más que un puñado de carne sosa e indeseable. Avergonzada y resignada se fue hacia el armario… Qué narices se ponía. Miró, rebuscó, se probó, se quitó, volvió a buscar… Finalmente, no muy convencida, optó por una falda de gasa y una blusa escotada que cortaba la respiración. Tacones de aguja, como no. Ya para acabar se pintó con colores suaves y naturales, dejó su larga melena suelta y se perfumó con lavanda.
Ya en la oficina, con algún que otro café de más, empezó a trabajar, o a intentar hacerlo. Sus atisbos a la puerta de entrada y las inquietas miradas a su reloj eran continuos. No conseguía concentrarse. El teclado de su ordenador se había alzado contra ella y no le dejaba escribir ni una sola palabra coherente. La conexión a Internet estaba en huelga y ni siquiera le dejaba entrar en el buscador. ¡Que desastre! Cada vez estaba más nerviosa. Varias llamadas de teléfono la hicieron centrarse un poco y olvidar que, en breve, llegaría el momento más agridulce de su día.
Se acercaba la hora. Empezó a sudar. Su estado de inquietud se convirtió en histeria. Las manos le temblaban, esclava de su excitación, no tuvo otra que dejarse llevar por una hiperactividad compulsiva y descontrolada. Su corazón se había disparado y bombeaba fuerte y rápido. Ella ya no era ella. Su edad había retrocedido en el tiempo, mucho tiempo atrás.

Diez de la mañana

Él aparcaba su furgoneta a la entrada de la correduría de seguros. Como siempre, ya antes de salir del vehículo empezó a buscarla en la opacidad de la puerta de entrada. Vio a una mujer en la recepción, moviéndose de un lado para otro del mostrador, rápida y competente. Sólo podía ser ella… por favor, que fuera ella. En ese momento alguien salió del local, las puertas se abrieron y pudo comprobar que, efectivamente, era ella. Sonrió y bajó de la furgoneta. Cogió los giros postales de aquel día y se dispuso a entrar, no sin antes disfrutar de un pequeño momento para observarla, sin que aquella mujer a la que adoraba en silencio se diera cuenta de su presencia, ni del cariño y el ensueño con la que era capaz de mirarla.

Ahí estaba él. Dios mío, quería hacerse pequeñita y diminuta para que aquel hombre no alcanzara a ver el rubor que se había apoderado de sus mejillas. Soltó todos los documentos que tenía en las manos, no quería que él se diera cuenta de su temblor. Se sentó, bajó la cabeza e hizo como que trabajaba en el ordenador.

Finalmente, después de un momento eterno, él entró. Ambos se miraron a los ojos. Sonrisas encantadoras, dulces, llenas de luz... magia...

- Buenos días.
- Buenos días.
- Traigo estos giros, ¿me los firmas tú?
- Pues es que mi jefe quiere que te lleves unos paquetes y te los quiere entregar en persona. Espera, le aviso de que estás aquí.
- Muchas gracias.

Que bonita estaba hoy... Todos las mañanas esperaba con ansia aquel breve momento en que tan unido se sentía a ella. Si ella supiera...

Tan perfecto como siempre... Era incapaz de controlar la sensación de dulce tensión que le hacía sentir ese hombre. Si él supiera…

- Puedes pasar.
- Gracias de nuevo.

Había aprovechado el aviso de la llegada a su jefe para pedirle cinco minutos de descanso. Rebuscó en el bolso y entre temblores encontró el tabaco. Lo complicado iba a ser encenderse el cigarro. Salió a la calle y dejó las puertas abiertas. Entre las cristaleras vio como él le entregaba la correspondencia al gerente y esperaba a que se la firmara. Como siempre, levantó la mirada y le sonrió. Ella, por supuesto, le devolvió la sonrisa y le hizo un gesto cómplice de aburrimiento. Él le guiñó un ojo. Suspiró y disfrutó aquel momento.

Cuando recogió los paquetes salió y se dirigió a ella directamente. Todavía estaba en la calle, temblando de frío. Agradeció poder verla a la luz del día.

- Bueno, por hoy ya está. Mañana más. Que tengas un gran día.
- Muchas gracias, igualmente. Hasta mañana entonces.

Cuando él se fué hacia la furgoneta ella aprovechó para mirarlo sin que se diera cuenta. Empezó a sentirse triste y tonta por no ser capaz de entablar ni siquiera una pequeña conversación amistosa. Siempre era igual. Él llegaba, se sonreían, se buscaban entre miradas que siempre se encontraban, pero entre ellos no había ni un “¿Qué tal, cómo estás?” Lo había intentado mil veces, mil mañanas se había propuesto dar un pequeño paso e intentarlo, pero jamás lo conseguía. Le perdía la inseguridad, le podía el miedo. Conformista como era, se quedaba todos los días con aquellos diez minutos de feliz locura…

Él la miró por el retrovisor del coche que tenía estacionado enfrente. Sabía que lo estaba observando. Bajó la cara y sonrió. Simplemente pensó “Hasta mañana corazón”.



Me habría encantado hacer de esto un bello poema. Un poema que no entrara en tanto detalle, que simplemente hablara del sentimiento y lo explicara con la melodía con la que solo puede expresarse un verso. Me habría encantado, pero es que simplemente no sé. Eso se lo dejo a los entendidos, yo mejor me dedico a hacer lo que sé, como sé… Cada uno en su terreno, zapatero a tus zapatos… Aún así, habría sido bonito saber convertir prosa en poesía…

Carmen

Vivaldi (Relato 1)

4 bombillas encendidas  

Jose Linares Molina "Desconsuelo"
Releyendo el relato me he dado cuenta de que habían un montón de errores, de esos de copiar y pegar. Si ya lo habeis leido éste ya está rectificado. Si os apetece volver a leerlo. I'm sorry


Bueno, al final he conseguido algo parecido a lo que quería. Es un relato corto, no quiero agobiaros con extensas lecturas. Por supuesto es completamente criticable, de hecho lo agradeceré. Si dejáis un comentario, por favor, no me mintáis. Aún así espero que os guste. Espero que esto no sea más que el principio del reencuentro. Poquito a poco, se hace camino al andar…

VIVALDI


Dos relajantes musculares y media botella de bourbon habían sido el remedio desesperado a una noche de insomnio agonizante. En menos de diez minutos su cuerpo cayó fulminado en un sueño pesado e intranquilo. Su cabeza no le concedió la piadosa tregua del descanso, aún dormida le siguieron atormentando pensamientos abstractos y delirantes. Rozó la locura.


Se despertó entre sudores fríos, perdida y confusa. La cara le escocía por las mil lágrimas derramadas y sentía los ojos hinchados al borde de la explosión. Le faltaba el aliento. Fue peor intentar incorporarse… Dios, que alguien parara esa noria descarrilada en la que se había convertido su habitación. Volvió a caer desplomada en la cama, sentía angustia y su cuerpo no dejaba de temblar. Sus sienes martilleaban una migraña despiadada.


Se quedó acostada. Intentó relajarse y hacer desaparecer el dolor por todos los poros de su piel, pero su cabeza vivía en una tormenta arrasadora y cruel. Volvió a cerrar los ojos. Al darse cuenta de que aquel caos insurrecto que era su cuerpo no iba a mejorar se fue levantando, poquito a poco. Ralentizada y prudente, consiguió sentarse al borde de la cama. Todo daba vueltas, una orquesta de percusión ponía banda sonora desde su interior a aquella escena de patética desesperación. Como pudo, llegó al baño y se arrodilló frente al retrete. Dedos en la garganta, vomitó y se quedó apoyada durante un espacio de tiempo incierto en la taza del sanitario. Progresivamente el alboroto de su cabeza se fue callando. Empezó a respirar. Se levantó y se metió en la ducha, vestida aún con la ropa del día anterior. El chorro de agua gélida fue lo que la acabó de despejar. Se fue desnudando mientras el agua corría sobre su cabeza, los vaqueros mojados la aprisionaban, su jersey de lana pesaba ya demasiado. Estuvo un buen rato recreándose en el despertar de sus sentidos. Recordó. Se dejó llevar y volvió a llorar. Lloró con rabia, lloró con ira, la impotencia la inundaba…finalmente llegó la pena. Se acuclilló y siguió llorando, manos en la cabeza, con el desconsuelo de una niña de cinco años a la que se le ha roto su muñeca preferida. Desahogo. Poco a poco el sollozo fue parando, los gemidos cesaron, todas las lágrimas habían sido derramadas…


Arrugada y temblando de frío se secó con una toalla sucia de tinte que encontró en un rincón del baño. Sacó su crema facial y se untó la cara en exceso para suavizar el escozor de sus mejillas, el colirio alivió sus ojos. Se vistió con lo primero que encontró en el desaliño de ropa que era su armario. Fue a la cocina y se preparó un café. Miró a su alrededor, la vajilla sucia se acumulaba desde lo menos hacía cinco días, el suelo estaba lleno de grasa por aquella sartén que había refilado en un ataque de airada tensión.

Se bebió de un sorbo el expreso y fue hasta su despacho. El ordenador seguía encendido, todavía en la pantalla de la bandeja de correo. Lo miró sin acercarse y divagó. Su mente se quedó en blanco, huyó a otro momento, a otro lugar… Volvió sobre sus pasos, salió de allí caminando de espaldas, con la mirada fija en aquel maldito abogado del diablo.


Todas las persianas de su salón estaban cerradas, en la penumbra pudo apreciar que aquella habitación estaba tan desarreglada como el resto de la casa. Todo era un auténtico caos, todo estaba sucio, desgastado y descuidado, como su propia existencia ¿En qué había convertido su vida? Recordó que había dejado el Mp3 en la mesita de su sagrado rinconcito de lectura, tanteó en la oscuridad y se lo colgó al cuello. Abrió cortinas, persianas, abrió ventanas y salió al balcón. Sus ojos se entrecerraron al noquearla el contraste de luz. Hacía frío y las calles todavía estaban mojadas por la tormenta de la noche anterior, pero el sol brillaba omnipotente y con fuerza. Se puso el reproductor y le subió el volumen al máximo, sonaba el Canon de Pachelbel. Se quedó quieta, cerró los ojos y respiró profundamente, oliendo el aire que la fue purificando, escuchando la música… relax total. Se sintió maravillosamente desnuda y renovada, poco a poco empezó a renacer. Ese adorable olor a recién hecho. Podía sentir sin mirar el mar que tenía enfrente de ella. Se volvió a dejar llevar. Maria Callas y su Ave María… El reloj se apiadó de ella y corrió más lento. La dejó disfrutar de todo lo que tenía a su alrededor y lo inmovilizó para que pudiera sentir todas y cada una de esas pequeñas pero vitales sensaciones. Empezó a percibir la serenidad y la paz que la rodeaba. Era una sensación extraña, pero dulce. Toda la semana se había ido cayendo poquito a poco, hasta que la noche anterior había firmado el acta de su rendición y se había dejado hundir en sus propias aguas corredizas. Hoy sin embargo se había levantado y había conseguido sobrevivir, como un pez que boquea y aletea en la orilla hasta que consigue llegar de nuevo al mar. Curioso lo que puede hacer con una persona un simple olor, una sencilla melodía… Imposible no sonreir.


Finalmente entró y se dirigió de nuevo al despacho. Ahí seguía su ordenador, palpable y real, cierto e ingenuamente cruel. Aquello no había sido un mal sueño. Se fue acercando lentamente y se sentó frente a él de una forma casi ceremonial. Miró la pantalla durante diez segundos y eliminó el último correo recibido, sin abrirlo esta vez, con veinte lecturas ya había tenido más que suficiente... Cayó una lágrima por sus mejillas, prefirió ignorarla. Suspiró de alivio y escribió un nuevo mensaje:

“Ayer morí por fin… Hoy he resucitado en un ser al que no te está permitido conocer… Llora tu duelo si es preciso y después… simplemente olvídame”

Lo envió sin ninguna duda y borró el contacto de forma permanente de la lista de su ordenador. Jamás lo recordaría, jamás quiso memorizarlo…

Era libre… por fin…


Sonaban las cuatro estaciones de Vivaldi…


Carmen