En lo que llevo de vida he dicho mil tonterías (bueno, mas bien cien mil) y he hecho otras tantas (vamos, de nuevo cien mil). Últimamente uno de mis hobbies preferidos es descubrir si mi paso por la vida y el recuento de las patadas recibidas me ha servido para aprender y madurar o si me estoy limitando a poner la otra mejilla y dejar que me sigan abofeteando sin hacer nada al respecto. Teniendo en cuenta que la inmensa mayoría de hostias me las meto yo solita me parece interesante sentarme y recapacitar un poco, y en ello estoy.
Mi vida, a día de hoy, parece más el guión de una peli de Almodóvar, que la de una respetable madre de 35 años que debería tener los pies más que asfaltados a la tierra. Surrealismo lo mío, he de reconocerlo.
El caminito de rosas ese yo no lo encuentro, eso o que me gustan demasiado las zarzas y los puercoespines. No, my life fácil fácil, lo que se dice fácil, mucho no ha sido, ni lo sigue siendo. Soy un puñetero desastre, caótica, desordenada y algo neurótica. Mi mente está desaliñada y muy, pero que muy mal organizada. Siempre me dejo llevar demasiado por mis sentimientos y por mis impulsos y la verdad es que no me da demasiado buen resultado.
Avergonzarme me avergüenzo de infinidad de cosas y, lo cierto es que, si miro hacia atrás, hay demasiado de lo que no me siento precisamente orgullosa. ¿Arrepentida?, bueno, creo que de lo único de lo que debo hacerlo es de no haber sabido aprender antes y de haber cometido una y otra vez los mismos errores, incluso de seguir repitiéndolos. Patadas nos dan a todos, eso está clarísimo, pero envidio a esas personas iluminadas que son capaces de rectificar a la primera y poner fin a lo salvaje a una situación-sentimiento-pensamiento que no hace más que traer mierda a su existencia. Yo no soy así, soy muchísimo más vulnerable y cobarde que todo eso. Busco el camino fácil, el de la costumbre y el conformismo, el de “bueno, qué le vamos a hacer si soy así de patética”. Creo que prefiero bloquearme y estancarme antes de dar un paso hacia delante que quizás me ayudara a encontrar un sendero más amable.
En resumidas cuentas, ¿he aprendido algo?: SÍ, por supuesto que sí. El pasado ya no lo puedo cambiar, y ahí quedará en mi conciencia para el resto de mis días, pero creo que, poquito a poco, voy abriéndome y dulcificándome (que falta me hacía). Mis índices de hostilidad habían sobrepasado ya fronteras y mi insociabilidad ya era indefendible. He hecho mucho daño en mi vida (sin maldad y sin pretenderlo, eso lo puedo asegurar), soy consciente de ello y a eso sí que le estoy poniendo solución. A la persona a la que más daño he hecho y a la que más he destrozado ha sido a mí misma y ya me he cansado de flagelarme. Es imposible querer a quien tienes al lado si eres incapaz de sentir el más mínimo aprecio por ti misma. Mil veces me han llamado amargada y me dolía mucho… pero era cierto. Ayer mismo, hablando con una amiga, me di cuenta de cuánto había cambiado, afortunadamente para bien. Siempre he estado “sola” porque he querido, porque me lo he buscado. Nunca me he sentido merecedora del cariño ajeno, y muchísimo menos de su respeto. Afortunadamente en la actualidad me rodeo de personas positivas y llenas de luz que, por increíble que parezca, siempre han creído en mí y han sabido ver y diferenciar a esa Carmen que permanecía asustada y temblorosa en la sombra. Esa Carmen que, aunque yo misma no fuera capaz de aceptar, siempre ha existido y de la que me siento orgullosa porque me hace sentirme llena. Un cordero con piel de lobo (como siempre al revés que todo el mundo, lo hago por purito vicio). He aprendido a dejarme querer, a recibir palabras de cariño y abrazos sinceros. Ahora sé escucharme, soy un pelín más permisiva conmigo misma. Me he dado cuenta de que sé sonreír…
Problemas sigo teniendo cien mil quinientos (insisto, como todo el mundo), y todavía me queda un duro trabajo para luchar contra ellos. Sin embargo hoy voy a aceptar esa rosa que me regalo a mi misma. Estoy cambiando, por fin empiezo a aprender a quererme, aceptarme y respetarme. Media batalla ganada. Empiezo a abrir puertas a patadas. Destrozo ladrillos. Mi escudo se va derritiendo. Respiro.
¡¡SIGO VIVA!!
Carmen







