No confíes en mi voz… a veces miente…Mírame a los ojos… ellos nunca engañan…Presta atención a mi letra… esa soy yo…
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Terra de meigas

2 bombillas encendidas  







Hace ya bastantes años, conocí una pareja singular que me dejó maravillosamente marcada para el resto de mis días. El transcurrir del tiempo, mi locura juvenil y un cambio de domicilio por parte de ellos, nos ha separado y me ha hecho perder una de las amistades con más valía he que tenido a día de hoy. No sé nada de ellos desde hace ya demasiado.
Los conocí en La Rosa de los Vientos, su pequeña y mágica tienda de manualidades, restauración y decoración. Por aquel entonces a mí me dio por pintar hadas de marmolina. Virginia me enseñó con paciencia técnicas de pintura y envejecimiento. Ramón, siempre con una sonrisa encantadora, me animaba a seguir aprendiendo, sin importarle que su mujer y yo siempre estuviéramos en la trastienda mientras él se pasaba el día atendiendo sólo el negocio. A mí me maravillaba la exquisita extravagancia de ella, vestida con impresionantes confecciones de papel de seda y charol en Navidad.
Poco a poco nos fuimos haciendo amigos. Poco a poco me contaron su historia.
Él, de mi tierra, Valencia capital, rodeado de urbanitas. Ella, gallega, de una aldea de Vigo, rodeada de lobos.
Antes de tener la tienda, ambos trabajaban de comerciales en una empresa multinacional. Se conocieron en una reunión a medio camino entre las dos poblaciones. Una semana después, Ramón le pidió que se casara con él… Ella dijo sí... Los dos dejaron el trabajo. Virginia, además, su casa, su familia, sus amigos, sus lobos, sus bosques verdes, su mar, sus gaitas, sus meigas... la tierra fértil que la vio nacer. Seis meses después se casaron… en un castillo… para su princesa…porque ella no se merecía menos. Ella vestida de corte medieval, cual reina de los elfos. Él no era para menos, con un traje antiguo, pajarita y reloj de pulsera incluido, con la melena recogida, dejando salir algún que otro rizo despistado. Fotos en blanco y negro, hechas por su cuñado, mucho más que un simple aficionado. Jamás he vuelto a ver un book de boda tan original, tan bonito, con tanta magia.
Yo la conocí en verano, su primer verano. En las maletas trajo camisas de lino y faldas vaporosas, pero también sus abrigos, sus bufandas, sus guantes, sus jerséis de lana de cuello de cisne, veinte paraguas y cien mil gabardinas… Llegó el invierno… Pobrecita mía. Se pasó tres meses llorando, - “Carmela, ¿aquí nunca llueve?”, “Pocas veces, lo siento”; “Carmela, ¿y el frío?, ¿aquí nunca hiela?, “Dos o tres veces al año, no más” - En serio que lo pasó fatal. Pero Ramón estaba ahí, consolándola, llevándola a Vigo fin de semana sí, fin de semana también. Realmente hacen una pareja entrañable. Por increíble que nos parezca al resto de los mortales, aquello funcionó.
Me pasaba horas escuchando historias de Vigo, viendo fotos realmente preciosas, dejándome llevar por la melodía de Virginia, que me contaba lo distinta que es la vida en Galicia, lo verdes que son sus campos, lo fiero y maravilloso que es su mar… Vi como convertía una casa con una distribución imposible en un auténtico palacio de meigas coquetas. Conocí a su madre, a sus hermanos, todos tan buena gente, tan agradecidos, tan generosos, tan dulces al hablar…

¿Se puede amar una tierra que no has visto ni olido jamás? Sí, si encuentras en tu vida a gente como Ramón y Virginia. Este fue el principio de mi gran cariño hacia Galicia, y todo lo que la rodea, y se lo debo en gran medida a ellos. He conocido a más gallegos y lo único que han conseguido es reafirmar todavía más mi sentimiento hacia aquella región, verde por excelencia. Tengo amigos que fueron para allá a estudiar veterinaria, y quedaron encantados, una de ellas no volvió jamás a Valencia. Mis propias hermanas han estado allí en varias ocasiones y me han dicho que, si yo voy, tampoco regresaré… aunque eso yo ya lo sé… no sé porqué… pero lo sé. Otra buena amiga, la que me mandó la foto que inicia este texto, también es de allá, y conoce mi amor incondicional hacia su tierra. No puedo oír una gaita sin emocionarme. Prometo que, de no haber sido porque mi hija todavía era un bebé, yo misma habría ido a quitar chapapote con mis propias manos. No puedo explicar este sentimiento, porque simplemente no tiene explicación, sencillamente está ahí. Quiero pensar que es una intuición y no una fantasía.
No he ido jamás, a penas si he salido de mi ciudad, pero algún día iré, con el equipaje justo, por si acaso me entra un arrebato y no vuelvo más.
Hasta entonces… con todo o meu cariño, que tengais un bo día (creo que es así)
Carmen

Desde mi tejado

3 bombillas encendidas  



Hoy subí a tender, como casi todos los domingos, a la terraza de mi finca. Un octavo piso desde el cual puede verse, entre los edificios de mi antiguo barrio, la maravillosa inmensidad del mar que olí desde niña. Hoy, día soleado y puro. Las montañas se ven nítidas y cercanas. El aire huele a limpio. El sonido de las olas puede intuirse entre el piar de los pájaros que anidan en la azotea. El olor del Mediterráneo llega a mí inundándome de nostalgias y recuerdos, de sonrisas y serenidad. Paz absoluta. Bendito momento.

Tendí la colada. Bajé. Volví a subir. Cámara en mano. Una pena. Quería inmortalizar aquel momento de Gloria. Me falló la digital. Es lo que pasa cuando, aún con una gran afición a la fotografía, no puedes más que comprarte un aparato barato y de baja calidad. Dios, como hecho de menos mi reflex. Quizás algún día…

Recuerdos de la infancia, como iba diciendo. Mi madre, tan bonita, cantando mientras tendía esas sábanas de un blanco impoluto, sonriéndome, serena y dulce… Mi perra Mina, tan seria, intrigantemente humana, sentada a la sombra, oliendo el mar… Y yo, inocente y feliz, correteando por el tejado, jugando con la ropa, construyéndo castillos en el país de las hadas… Cómo poder olvidarlo… Lloro al recordarlo... Lloro con felicidad, con agradecimiento. Esos pequeños momentos que jamás olvidaré… Esa maravillosa sensación de impunidad hacia las fatalidades de la vida… Esa grandeza, esa ilusión, esos sueños, esa esperanza.

Ahora es mi hija la que me acompaña... la que corre... la que me hace hablar... la protagonista de mi sonrisa... la que escucha mi canción... No hay ida sin venida... Después de un adiós siempre viene un bienvenido...


Si estoy triste solo tengo que subir al tejado y oler. Allí están ellas otra vez… Para siempre… Inmortales…Eternas…

Bendito recuerdo.


Carmen
La foto es mía pero la retocó un amigo, así está infinitamente mejor. Por supuesto que me ha gustado. Mil gracias Jean